La inteligencia artificial sacude la educación superior, pero no es la causa, según Jeff Sparrow, docente e investigador en la Universidad de Melbourne. En un ensayo publicado el 22 de octubre de 2026 por The Conversation, considera que el sistema ya estaba debilitado incluso antes de la llegada de estas herramientas.
Un revelador más que una causa
La constatación de Jeff Sparrow es tajante. Según él, la IA está devastando la educación superior, pero décadas de lógica gerencial ya han transformado los títulos en productos, a los estudiantes en clientes y la investigación en indicadores. En este contexto, recurrir a ChatGPT para redactar un trabajo no es una desviación, sino una respuesta racional a una institución que ha dejado de valorar el aprendizaje. El autor también recuerda a responsables universitarios que exhortaban a los estudiantes a no delegar su pensamiento, en tribunas que a su vez fueron mayormente redactadas por una IA. «El símbolo es cruel, pero también revelador.»
El autor de esta reflexión que prolonga este diagnóstico, apoyándose en sus investigaciones recientes realizadas con estudiantes, docentes y equipos directivos, llega a una conclusión similar. La IA actúa, según él, como un solvente que hace aflorar las fragilidades de un modelo basado en la transmisión de contenidos, la evaluación de producciones estandarizadas y la masificación de los trayectos. Cuando una máquina produce en segundos un ensayo aceptable, es el valor pedagógico del ejercicio mismo lo que se cuestiona, mucho más allá de la mera trampa.
Cuatro transformaciones inseparables
Para esta reflexión, la integración de la IA debe pensarse de manera holística y sistémica, a través de cuatro transformaciones que evolucionan conjuntamente. La primera es tecnológica y se refiere al entorno en el que los aprendices se desenvuelven, compuesto por asistentes conversacionales, sistemas adaptativos y espacios inmersivos. La segunda es pedagógica: se trata de pasar de una lógica de transmisión a una lógica de diseño de experiencias de aprendizaje. La tercera afecta a las prácticas educativas y al rol del docente, que se convierte en arquitecto de situaciones de aprendizaje, apoyado por nuevas profesiones como la de diseñador de experiencias de aprendizaje. La cuarta, considerada la más decisiva, concierne a la evaluación: mientras se califiquen producciones que la máquina sabe generar, se evaluará «la capacidad para redactar un prompt más que la competencia real», es decir, la formulación de solicitudes dirigidas a un asistente de IA más que el dominio efectivo de un saber.
Ninguna de estas dimensiones puede transformarse aisladamente. Introducir la IA sin repensar la pedagogía produce consumo pasivo, mientras que hacer evolucionar la evaluación sin acompañar a los docentes agota a quienes impulsan el cambio. Sin embargo, la mayoría de las instituciones no saben por dónde empezar. Este enfoque impone una gobernanza capaz de conectar los niveles estratégico, táctico y operativo, y de coordinar iniciativas hoy dispersas entre direcciones digitales, servicios pedagógicos y facultades.
Esta reflexión también denuncia un error de enfoque. Las universidades compran licencias, firman alianzas con grandes editoriales, redactan cartas de uso, y luego se sorprenden de que nada cambie en el aula. La Universidad de Sídney, que firma un acuerdo plurianual con OpenAI pocos días después de una huelga de su personal, ilustra esta disociación entre la estrategia declarada y la realidad vivida.
La experiencia de aprendizaje como clave del compromiso
Los trabajos mencionados iluminan un punto central: no es la IA en sí misma la que fortalece el compromiso de los estudiantes, sino la calidad de la experiencia de aprendizaje en la que se inscribe. Donde el dispositivo está cuidadosamente diseñado, preparado por el docente e integrado en un enfoque reflexivo, el compromiso cognitivo progresa. Donde la herramienta se pone simplemente a disposición, alimenta una «deuda cognitiva», documentada por las neurociencias, hecha de dependencia y aprendizajes superficiales.
Jeff Sparrow observa por su parte que los docentes menos afectados por ChatGPT son aquellos que animan pequeños grupos apasionados por su disciplina. Según esta lectura, los estudiantes no delegan lo que les compromete, sino lo que les parece carente de sentido. El desafío sería entonces menos luchar contra la máquina que reconstruir experiencias de aprendizaje lo suficientemente ricas para que el esfuerzo intelectual recupere su valor.
